Denuncia - Parte 1: Línea 100
Mi trauma por abuso sexual activó una fuerte ansiedad en mí. Luego de muchas sesiones con mi psicóloga, nos dimos cuenta que, en general, en diversos ámbitos de mi vida se reflejaba una repotenciada versión de mi ansiedad. Es decir, ahora tenía más miedo que antes de lo que podía ocurrir. Mi mente viajaba más que nunca por diversos escenarios imaginarios. Mi evento traumático me demostró que no siempre voy a poder tener todo bajo control, hay factores externos que se me pueden escapar de las manos y lamentablemente, provocar que cosas terribles me pasen. Y muchas veces, para quitarme ese miedo -o descartarlo-, actuaba (hasta ahora) impulsivamente, de modo que me sacaba de dudas y ya no tenía que preocuparme más.
Es así que, ni bien pasó el 8 de marzo, Día de la Mujer, estaba totalmente decidida a denunciar. Ni analicé bien los posibles pro y contras, ni investigué sobre cómo prepararme. Confiaba en las nociones que tenía del proceso por mi trabajo.
Antes de hacerlo solo quería comentarlo con mi psicóloga para ver qué me sugería. De hecho a ella le sorprendió mi repentino cambio de postura y me ayudó con diversas preguntas para evaluar posibles escenarios y también me preguntaba y repreguntaba si estaba segura y por qué. Qué era lo que quería conseguir. Mis motivos iban por este camino:
- Es mi responsabilidad ciudadana denunciar cuando hay alguien que es considerado un peligro para que las autoridades realicen las investigaciones y acciones respectivas y así, puedan prevenir que ocurran más abusos como el mío.
- Sería un caso más que se suma a las cifras que reflejan la verdadera magnitud del problema de violencia basada en género que nos aqueja históricamente a las mujeres, de modo que las y los tomadores de decisiones del gobierno de turno puedan crear políticas al respecto.
- El agresor obtiene antecedentes policiales de acceso público, para que más personas e instituciones conozcan del riesgo de vincularse con él.
Pero ella me decía que, claro, era la trabajadora de una ONG la que estaba hablando tan técnica y diplomáticamente. Pero, realmente, ¿qué quería yo conseguir con la denuncia? ¿Qué esperaba que ocurriera? Claramente, la verdad era que me sentía en la mierda. Me sentía impotente porque lo que venía haciendo, no me funcionaba. Resistía a duras penas pero quería probar algo más que me ayudara a sentirme mejor, a resurgir. Y sabía que denunciar era lo correcto, quizás también podía ayudarme anímicamente, por la sensación de decir la verdad y buscar justicia. Sin embargo, sabía que nuestro sistema de justicia tiene infinitas falencias, estaba sobrecargado de casos -sobre todo por la pandemia- y que a sus profesionales les hace falta sensibilización en género y pueden llegar a ser muy hirientes y revictimizantes. Y ese camino, quizás, no iba a resultar como lo esperaba, para mis ánimos.
Y sí, eso lo sabía, lo tenía claro. Pero sentía que no tenía más opciones. Tenía que probar ese camino para ver si me hacía sentir mejor, "más allá del resultado de la denuncia", le decía a mi psicóloga. Tenía demasiado miedo. Pero ya lo había decidido.
Ahora, lo que seguía, era evaluar cuándo hacerlo. Felizmente, tenía nociones de cómo es la ruta de denuncia, por mi trabajo. Debía llamar primero a la Línea 100 para que me indicaran a qué comisaría CEM (Centro de Emergencia Mujer) ir. Pero, ¿cuándo? Sabía que una acción como denunciar una violación sexual, sería sumamente demandante en energía, ánimo y tiempo. Entonces tenía que hacer malabares para encontrar un día libre y hacerlo. Trabajaba de lunes a viernes y, religiosamente, todos los sábados y domingos me iba a casa de mi familia. Por fortuna, en mi trabajo tenían la política de "viernes sin reuniones", así que un jueves me quedé hasta tarde avanzando todos mis pendientes para que el viernes no me pidan nada urgente y poder irme a hacer la denuncia. Por otro lado, hasta ese momento, además de mi psicóloga, solo 2 amigas que vivían en otra provincia, sabían de mi agresión. Ninguna podía acompañarme. Solo les comenté que iba a hacerlo y de hecho me mandaron muchas fuerzas y se ofrecieron a hablarme cuando lo necesite. Ni contemplé la posibilidad de pedirle a alguien más que viva cerca que me acompañe a denunciar. Hablar del tema y contar toda la historia -así sea a una amiga de confianza-, de tan solo pensarlo, me resultaba sumamente agotador. No tenía energías. Decidí ir sola.
Entonces, un jueves me quedé hasta tarde acabando mis pendientes del día siguiente, y luego, decidí llamar a la Línea 100. Hasta temblaba del miedo, era surreal lo que estaba viviendo. Llevaba 3 años trabajando en una ONG creando productos comunicacionales para prevenir y denunciar violencia, y ahora me encontraba yo denunciando mi caso de violación. Y entonces, llamé. Me contestó una operadora a consultarme qué se me ofrecía. De lo seria y asustada que estaba, desde la primera palabra que pronuncié, reventé en llanto: "quiero denunciar mi caso de violencia". Me preguntó todos mis datos personales, y mi pidió que le relatara a grandes rasgos qué me había pasado. Sobre todo me preguntó si mi agresor se encontraba cerca y si estaba a salvo. Le dije que sí, que vivía sola y que mi agresor se encontraba en otra provincia, él no sabía que lo iba a denunciar. Entonces me indicó que, según mi jurisdicción, lo más conveniente era ir a la Comisaría CEM más cercana, en Barranco. A pesar de que vivía en Miraflores, como limitaba con Barranco, me sugirió ir ahí porque era Comisaría CEM, así que en un solo día podían hacerme todas las gestiones, tanto la Policía como el CEM. Además, esa sería la comisaría donde tendría que acercarme varias veces para hacer gestiones, así que lo mejor era que sea la más cercana. Y eso fue todo. Colgamos y seguí llorando asustada sin estar segura de lo que estaba haciendo.
Me acosté, pero no pude pegar el ojo en toda la noche.


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