¿Por qué recién denuncias?
Mi caso de violación sexual, como la mayoría de casos de violencia, tuvo como agresor a alguien de mi entorno cercano. De hecho, el causante de mi trauma fue un colega y "amigo", sobre todo, al cual estimaba mucho.
No hay palabras que alcancen a describir el impacto emocional en el cual se ve envuelta una víctima tras identificar lo que le pasó. Es una montaña rusa de emociones con una intensidad y variación que asusta, principalmente si nunca has sufrido un trauma como el de tu agresión. Vives angustia, depresión, ansiedad, preocupación, confusión, negación, cinismo, y mucho más. Sin embargo, el proceso de asimilación de mi abuso, mi impacto emocional y mi reaccionar, no se pueden comparar al de ninguna otra víctima. Eso me costó entender y sobre todo creo que al Estado y sus operadores de justicia les falta entender. No, las víctimas no tenemos un mismo perfil sociodemográfico ni una misma respuesta ante un caso de violencia. Pueden haber cifras que nos arrojen algunas tendencias. Pero no ser parte de esa cifra que se queda en estado de shock, se deprime o que corre inmediatamente a denunciar, no te hace menos víctima.
Cada víctima de violencia tiene su propio proceso de asimilación, reacción y recuperación. Y todos son válidos.
Aquel día, me levanté por mi alarma luego de dormir solo 2 horas. Estaba despeinada, con mi vestido totalmente desarreglado, sin ropa interior y con dolor muscular en varias partes de mi cuerpo. Mi alarma me avisaba que había quedado en desayunar con mi mejor amigo que no lo veía luego de 2 años. Así que no quise detenerme a pensar en lo que ocurrió esa noche. Solo atiné a ducharme y limpiar todo mi departamento para que, cuando mi mejor amigo llegue, podamos cocinar según lo planeado.
Cuando mi mejor amigo llegó, notó un moretón en mi brazo. Ahí me di cuenta por qué sentía el dolor en la mañana. Evadí el tema con un poco de vergüenza y traté de continuar poniéndonos al día de nuestras vidas. Conforme fue avanzando el día, me iba doliendo cada vez más el cuerpo. Hasta con cada paso que daba, sentía un creciente malestar. Cuando me sentaba, no podía evitar quejarme. Tenía que hacerlo despacio. Aguanté durante toda la salida con mi mejor amigo. Fingí estar normal. No le dije nada. No quería arruinar nuestro encuentro ni las buenas noticias que tenía para contarme.
Ni bien él se fue en la tarde, corrí al espejo a ver mi cuerpo. Toda mi vulva y nalgas estaban negras. Tenía moretones como nunca antes. También tenía moretones más pequeños en el brazo, cuello y en mi boca, justo en el labio superior. "¿Qué pasó anoche?" Pensaba... Estaba muy confundida, pero también muerta de cansancio. Casi no había dormido el día anterior. Así que me acosté muy temprano. Sin embargo, no podía dormir. El dolor en mi zona íntima era insoportable. No importaba la posición, sentía mucho dolor. Empecé a pensar y pensar, a tratar de recordar qué pasó. Poco a poco empezaron a venirme vagos recuerdos. "¿Qué han hecho conmigo?"... Hasta que por el cansancio, finalmente dormí. Al día siguiente, recapacité. Dejé de lado la vergüenza por indignación. Recordé unos episodios que están de más mencionar, pero que fueron suficientes para decidir no volver a tener contacto nunca más con el que creí, era mi amigo. Empecé a eliminar y bloquear todos sus contactos y redes, a salirme de todos los grupos que teníamos en común, le pedí a amistades cercanas en común que no me hablen nunca más de él, les dije que ya no quería saber de su existencia. Prefería dejar las cosas ahí y no torturarme la cabeza. Solo quería olvidar y hacer como si nada nunca pasó.
Quizás en ese momento no me di cuenta, pero definitivamente aun sentía un vínculo hacia él, mi supuesto amigo. Las cosas estaban frescas y en el fondo, tampoco quería hacerle daño, "agrandando" lo que pasó. Pensaba que lo más fácil para mí, y para él también, era olvidar.
No me funcionó. No podía dejar de pensar en mis recuerdos, en la situación en la que me levanté ese día y en las marcas en mi cuerpo. No podía dormir, empecé a tener pesadillas. Intenté salir a trotar (actividad que ya venía haciendo rutinariamente), sin embargo, lo hacía a duras penas. Me dolía el cuerpo aun. Así que, una noche, mientras trotaba despacio en la calle, seguía pensando en por qué me sentía así. Eso nunca me había pasado antes, sentía que todo mi esfuerzo por no ver lo inevitable era en vano, cada vez se hacía más real lo que tanto temía.
Me dio mi primer ataque de ansiedad esa noche. Empecé a respirar agitadamente y a llorar descontroladamente. Estaba asimilando que había sufrido en realidad una violación. Lo que ocurrió esa noche fue sin mi consentimiento, y el que pensé era mi amigo, luego de una reunión con amistades, se quedó sin preguntarme ni pedirme permiso en mi departamento, e hizo con mi cuerpo lo que quiso mientras yo estaba inconsciente, únicamente para su placer, y luego se fue sin mayor reparo.
El hecho de que el perpetrador sea una persona de tu confianza y estima, complejiza tu proceso de asimilación. Y no solo el tuyo. Puede que acudas a contarle a algunas amistades que también lo conocían, y en una primera reacción quizás ellas tampoco identifiquen el abuso. No lo harán con afán de lastimarte, posiblemente lo minimicen o intenten calmarte porque insinuarán que te estás confundiendo, que solita te estás haciendo daño con tus "suposiciones", porque obviamente ese es el mejor de los escenarios. Además, mi situación como la de muchas, fue en una circunstancia polémica: "Con alcohol, cualquiera se confunde. Quizás tú se lo pediste o se dejaron llevar". Y, en realidad, eso es lo que quieres creer. ¿Para qué querría ser una víctima de violación? Estaba pasando por un buen momento en mi vida. Acababa de ascender, independizarme y estaba volviendo a salir con un chico con el que me sentía muy cómoda. Y sabemos que a una víctima, cuando sale a la luz su caso, la llenan de prejuicios, estigmas, estereotipo e insultos. Y yo no necesitaba nada de eso. Por eso intenté olvidarme y voltear la página.
Por fortuna, ya tenía tiempo con una psicóloga particular. Sobre todo me daba acompañamiento con mi proceso de independencia. Pero la primera sesión que tuvimos luego de mi agresión, no pude evitar llorar toda la hora. Le relataba los hechos de ese día intentando minimizarlos, como me decían mis amigas, pero mis emociones obviamente indicaban lo contrario. Mi psicóloga fue la primera persona quien me escuchó sin juzgar o cuestionarme o tomarlo a la ligera. Me recordó lo que era el consentimiento, y que nunca le había contado una relación íntima así. Definitivamente, lo que había pasado era distinto porque no hubo consentimiento. Y también fue la primera quien me recordó que existía el camino de la denuncia.
Escuchar esa palabra, "denuncia", me dio pavor. Ya estaba muy mal anímicamente. Estaba pasando días horrorosos y confusos, de pesadillas, depresión, llantos, ansiedad, de encerrarme sin ver ni hablar con nadie. Me sentía tan frágil que no había forma siquiera para contemplar esa posibilidad.
*Dato adicional: trabajaba hace 2 años en una ONG feminista en un proyecto de protección ante casos de violencia. Conocía cifras y deficiencias en la calidad del servicio de los operadores de justicia y protección. Sabía perfectamente que tomar ese camino sería sumamente difícil.
Solo le dije a mi psicóloga en esa sesión que quería sentirme bien. Eso era lo único en lo que quería -y sentía que las fuerzas me daban para- concentrarme. Conseguir salir de mi cama para poder cumplir con mi trabajo y ver a mi familia cada fin de semana sin afectarla. Ella respetó mi decisión y me dijo que mejor cambiemos la frecuencia de nuestras sesiones. De verla 1 vez cada semana, la vería 3 veces por semana. Y además me llamaría todos los días, incluso fines de semana para hacerme seguimiento.
Esta nueva frecuencia me angustió. 1, porque pensé ¿tan mal estoy? Nunca había llevado tantas sesiones seguidas... Pero conocía a mi psicóloga y confiaba en ella. Además, estaba dispuesta a hacer lo que sea para resurgir de ese hoyo en el que me encontraba y poder continuar con los planes que me había trazado en esa nueva etapa. Y 2, ¿cómo voy a pagar esta nueva frecuencia? Me parecía tan injusto que yo lo asumiera cuando yo no lo ocasioné. Tuve que coordinar con mi agresor, con una amiga como intermediaria, y exigirle que él asumiera mi terapia intensiva. Total, era para mitigar el daño emocional que él me causó. Obviamente, mi agresor consciente del daño que me provocó, aceptó asumirlo. Mi amiga me enviaba pantallazos de los depósitos que sesión a sesión él hacía.
Y así estuve a duras penas trabajando en mi recuperación emocional. Solo salía de mi cama para conectarme a mis reuniones de trabajo o mis sesiones psicológicas. Luego, hacía el esfuerzo por prepararme algo para comer. También salía a trotar durante el atardecer. Felizmente vivía cerca al mar, y ejercitarme por ahí, con la naturaleza, viendo el sol ocultarse, me permitía meditar y calmar mi ansiedad. Todos los fines de semana veía a mi familia. Era una tortura. Varias veces al día me encerraba en el baño a explotar. Lloraba pero intentaba respirar hondo para calmarme, y volvía a salir fingiendo estar bien para mi familia. Odiaba las noches. Le tenía miedo ir a la cama porque sabía que mis pensamientos me iban a torturar. Sabía que no podía dormir y que todos los días me quedaba hasta altas horas de la noche dando vueltas, recordando y llorando. Sabía que iba a tener pesadillas o parálisis de sueño. Ocurría casi siempre. Todos los días era lo mismo. Intentaba ver algo hasta dormir. Pero era en vano. Si tenía sueño, rápidamente se me iba porque mis pensamientos me invadían y atormentaban.
Y así estuve 2 meses, hasta que llegó el 8 de marzo, Día de la Mujer. Yo me considero feminista, trabajo en una ONG feminista y como comunicadora de profesión, me estaba encargando de organizar un conversatorio virtual sobre una conexión segura a internet para mujeres. Estaba preparando los guiones de unas adolescentes que participarían, donde destacaba su liderazgo y empoderamiento, y donde exhortábamos a las mujeres a protegerse y reportar cuando identificaran conductas sospechosas o de riesgo en internet. En ese proceso, constantemente se me venían pensamientos de lo inconsecuente que era por hacer algo tan distinto en el campo profesional vs el campo personal. Ya tenía asimilado que había sufrido una violación y eliminé y bloqueé toda forma de contacto con mi agresor, y ok, esos fueron grandes pasos. Pero, ¿ahora qué? A lo largo de todo el 8 de marzo vi muchísimas publicaciones y artículos sobre el motivo de conmemoración de esa fecha y su relación con las brechas y violencia basada en género. Y por primera vez, me conmovían profundamente esos contenidos. Ese 8M estuve llorando todo el día porque me identificaba con los casos de violencia irresueltos y me sentía parte de esas cifras. Sin embargo, me indignaba saber que en concreto no lo era, porque no había puesto una denuncia. Mi caso estaba invisibilizado. Y me di cuenta que no estaba contribuyendo a que se reflejara la verdadera magnitud del problema que nos aqueja históricamente a las mujeres. Además, mi agresor seguía suelto, con libertad de seguir cometiendo abusos contra otras personas. Así que, esas cifras que veía y que me identificaban, podían aumentar. Y no quería eso. No deseaba que hayan más mujeres pasando lo que yo.
En mi siguiente sesión con mi psicóloga, le dije que quería denunciar.



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