Denuncia - Parte 2: Comisaría CEM y Fiscalía
Esa noche no pude dormir. Estaba agotada de tanto llorar y del miedo que sentía de lo que estaba haciendo, de lo que le iba a parecer mi denuncia a mi agresor y de cómo él podía reaccionar. Pero ya había dado el primer paso, sentía que no podía retroceder.
Es increíble lo nerviosa que estaba. Hasta pensé bien cómo ir vestida. Recordé aquellas expresiones misóginas de los operadores de "justicia" de otros casos de denuncia en el país: "era evidente que era una señorita que le gusta la vida social", "usaba una trusa roja", "si usaba vestido, era porque estaba buscando sexo". No tenía fuerzas para lidiar con eso. A pesar de que hacía sol, me puse un pantalón negro, polo negro suelto, zapatillas y llevé una casaca por si acaso.
No tenía apetito. En mi mochila llevé una bolsa con fruta por si acaso para después, cuando sienta hambre. Aproximadamente a las 10am estaba yendo. Era un 16 de abril. Todo el camino anduve en modo automático, escuchando música que ni prestaba atención. Pero cuando llegué a la esquina de la comisaría y vi la entrada, empecé a asimilar lo que estaba haciendo. El cuerpo reacciona sin poder controlarlo. Nuevamente tuve ataque de ansiedad. Empecé a llorar intensamente, a respirar agitadamente, el cuerpo me empezaba a temblar, pero ya no podía retroceder. Por último, si necesitaba ayuda con mi salud, la policía podía ayudarme.
Cuando crucé la puerta, seguía llorando. El policía de la entrada me preguntó qué se me ofrecía, y le dije que quería presentar una denuncia. Me preguntó el motivo, y le dije que sufrí violencia. Él me invitó a tomar asiento y esperar un momento. Miraba al vacío y no podía dejar de llorar y temblar, sola. Los policías empiezan a susurrar entre ellos. Se me acerca otro policía y me pregunta nuevamente cuál era el motivo de mi denuncia. Le dije que era por violencia. Me preguntó qué tipo de violencia sufrí. Le dije violencia sexual. Y él: ¿acoso? Y yo: violación.
Los policías seguían susurrando entre ellos y me miraban a lo lejos. Luego me hacen pasar a la oficina de violencia familiar (creo que así era su denominación). Era una habitación grande con algo de 3 o 4 módulos. Una suerte de secretaria al inicio, una banca para que la gente espere, y 2 o 3 policías en sus respectivos módulos con sus escritorios. Los módulos solo se separaban por una semi pared delgada de madera y la puerta de esa oficina se mantenía abierta. Yo esperaba en la banca hasta que el policía del último escritorio me hace pasar - a este policía lo llamaré policía 1.
Yo seguía en un estado hipersensible. El policía 1 me habla despacio y me pregunta qué es lo que pasó, en qué puede ayudarme. No sabía con exactitud con qué nivel de detalle contarle mi agresión, pero estaba casi segura que ese no era el lugar idóneo para explayarme, o al menos en teoría no debía serlo. Así que, con lo que el llanto me permitía, le relaté a grandes rasgos lo que me pasó. Él me acercó papel higiénico y una botella con agua. Me pidió respirar hondo y contar con calma lo ocurrido. Él iba escribiendo en su computadora lo que le relataba. Luego, me preguntó algunos detalles como las fechas y horas, si hubo siguientes comunicaciones con él, y si seguíamos en contacto. Luego me preguntó mis datos personales para cerrar con su redacción de la denuncia. Él me dijo, entiendo que a modo de calmarme, que el delito que cometieron conmigo era según la ley 30364 de violencia de género y familiar, y tenía condición especial porque las penas eran máximas, me dijo que mi agresor mínimo tendría 15 años de cárcel. En ese momento, enterarme de algo tan concreto como eso, me hizo sentir peor, como si yo estuviese desgraciándole la vida a alguien que alguna vez fue mi amigo y quise mucho. Empecé a llorar peor.
Después, el policía 1 imprimió la denuncia, me dio una copia y me indicó que ahora el siguiente paso era ir a fiscalía. Iba a pedir una patrulla para que me lleven. Otros policías me acompañarían. Y que luego de pasar por el médico legista, volvería a la comisaría a entregarle el informe, y finalmente iría a la oficina del CEM, en la misma comisaría, para mi evaluación psicológica. Él me sugirió hacer todo el trámite ese mismo día, porque todos los días llegan casos y luego se demoran demasiado para continuar con el proceso. Felizmente no tenía reuniones ni pendientes urgentes ese día.
Mientras esperaba que llegara la patrulla para ir a Fiscalía, escucho entrar a un policía X a la oficina y decir en voz alta: "¡llegó la patrulla para el caso de violación!", como quien grita que está vendiendo algo. Me molestó esa falta de tacto, pero no tenía fuerzas para decir o hacer nada. El policía 1 me acompañó a la puerta de la comisaría. Antes de subirme a la patrulla, el policía 1 me pidió mi número y también los datos que tenía de mi agresor. Y me dijo que se mantendría en contacto conmigo.
Subí a la patrulla, una policía mujer se sentó a mi lado, la policía 2. Adelante iba otro policía y conduciendo otro. Ni bien subí, prenden la radio y colocan una emisora de música de reggaetón a fuerte volumen. Yo seguía sin poder dejar de llorar, y empecé a escribirle a mi única amiga que sabía que estaba denunciando. Le comentaba cómo me sentía y lo que me dijo el policía. Mientras respondía, miraba a la ventana, confundida, sin asimilar del todo lo que me estaba ocurriendo.
A los pocos minutos la policía 2 me empieza a preguntar: ¿Qué te pasó? Yo contestaba a duras penas con oraciones cortas o monosílabos. No me cabía en la cabeza cómo a alguien se le podía ocurrir que yo, en mi estado, quería conversar o contestar preguntas como: ¿De dónde lo conocías a él? ¿y por qué recién denuncias? Sobre todo siendo una operadora de justicia y protección que debe lidiar con estos casos a diario, me preguntaba ¿acaso no han recibido capacitación? ¿Sabrán lo que es revictimizar o les habrán enseñado sobre cómo brindar contención emocional? ¿Al menos les habrán advertido lo que NO deben hacer? Pero yo, nuevamente, no tenía fuerzas para lidiar con su falta de tino. Contestaba cada vez más cortante y miraba a la ventana. Ella me consolaba con frases como: ya no llores, ya te va a pasar. Y luego seguía conversando con sus colegas de adelante sobre temas personales.
Llegamos a Fiscalía. La policía 2 bajó conmigo de la patrulla y les indicó a sus colegas que nos esperen estacionados más adelante. Entramos al edificio, nos registramos, y la policía 2 hablaba por mí. Yo seguía muy mal, sin dejar de llorar. El de seguridad del pasadizo nos hizo sentarnos a esperar. Recibió de la policía 2 mi denuncia y se fue a pedir médico legista.
Me empezó a doler el estómago del hambre. Mientras esperábamos solas en el pasadizo, recordé que tenía fruta en mi mochila y la saqué para comer algo. Me bajo la mascarilla y empiezo a comer una mandarina. A los pocos segundos, regresa el de seguridad y levanta la voz diciendo: "Señorita, colóquese la mascarilla. ¡Para comer tiene que salir!". Yo me quedé, desconcertada. Lo miré totalmente indignada, aun con lágrimas en los ojos. Y nuevamente, no tenía fuerzas para discutir. Guardé mi fruta en mi mochila y me coloqué la mascarilla. La policía 2 también se indignó, le dijo al de seguridad: "es que no ha comido nada en todo el día y aquí no hay nadie cerca", y susurrando agrego: "no seas bruto, cómo le vas a hablar así viendo cómo está". Luego dijo hacia mí en voz baja una frase racista, como justificando su ignorancia por su color de piel. Me sentía muy sola. No podía creer lo poco calificadas que estaban las personas a cargo de mí durante mi denuncia. Luego la policía 2 me dijo que, si tenía mucha hambre, me podía acompañar afuera para comer, ya que seguramente iban a demorar en llamarme. Accedí.
Afuera de Fiscalía, la policía 2 va a comprar y luego me trae una galleta. Le agradecí. Terminé de comer la mandarina y la galleta, y volvimos a entrar. Nos sentamos y seguimos esperando. Al rato, me llamaron. La policía se quedaría en esos asientos esperándome. Me hicieron pasar a una suerte de consultorio médico con ventanas abiertas, para nada privado. Se asomó por la ventana del consultorio un doctor hombre de alrededor de 60 años sosteniendo mi denuncia por escrito. La estaba revisando. Me indica nuevamente que le cuente lo que pasó, a pesar de que lo tenía por escrito en sus manos. Procedo a relatar los hechos nuevamente a grandes rasgos y nuevamente me pongo a llorar. El doctor intenta calmarme mencionándome a Dios y su obra divina. Me dijo: "mira este lapicero, por ejemplo. ¿Cómo crees que se hizo? Es obra de Dios. Dios es sabio y hace las cosas por algo".
Yo no podía creer su nivel de desatino. Ni me consultó si yo era creyente, y si así lo fuera, no tenía por qué justificar lo que me pasó por la "obra de Dios", comparando mi trauma con un lapicero. Ya sabía que eso significaba que era un personal de salud muy poco (o hasta nada) capacitado para atender situaciones de violencia. No quería estar ahí.
Me consultó cuándo había ocurrido mi abuso, y le dije que hacía 3 meses. Él me preguntó si quería pasar por la prueba de médico legista, que implicaba una revisión de mi zona íntima para corroborar los daños. Yo le dije que los daños que tuve a esas alturas ya no se notaban, por lo que no veía necesaria la revisión. Entonces él me dijo que me haría firmar entonces que yo no accedí a la prueba de médico legista, para que quede constancia que sí me ofrecieron ese proceso.
El doctor me pidió salir y esperarle. Demoró como 15 minutos y luego salió otra enfermera con el documento y un cargo para que firmara, lo hice y luego me dijo que eso era todo. Yo no me quería ir sin exteriorizar lo que el guardia de seguridad me hizo sentir. Entonces le dije a la señorita que tenía una queja, que cuando pueda, debía hablar con el guardia de seguridad y precisarle que ese no es el trato adecuado para brindarle a las víctimas que se atienden en esa institución. Le hace falta sensibilización para verme en ese estado y aun así tratarme de esa manera, le dije que sentí que me botó como un perro. Sin darme cuenta, estaba ofuscada, llorando y casi gritando. El doctor religioso salió y siguió hablándome de Dios como intento de "calmarme". Me acompañó incluso a la puerta de salida de Fiscalía, y la policía asentía con cada cosa que decía el doctor. Yo seguía llorando sin poder creer lo que tenía que escuchar. La policía le agradeció de mi parte por sus palabras y venir a "auxiliarme". Se despidió de mí con otra frase de fe. Y de camino de regreso a la patrulla, la policía 2 estuvo elogiando al doctor porque le pareció alguien muy bueno y sensato con lo que me decía.
Durante el camino de regreso a la Comisaría, volvieron a poner reggaeton mientras yo no dejaba de mirar a la ventana y llorar.


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